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Aquí hay sexo: El cine que también es motel

diego Arguedas
Cinco dólares en Costa Rica pueden hacer muchas cosas. Algunos ejemplos: un tiquete de bus a Puntarenas, el destino costero más popular del país, a dos horas de la capital; un ceviche con cerveza en cualquier cantina de buena o mala reputación; uno o dos libros en las librerías de viejo. Y, para quienes busquen algo diferente, una entrada a un cine porno.

El Cinema 2000 es un espacio que oficialmente tiene más de quinientas butacas para que lleguen espectadores a disfrutar de filmes de sexo, pero en la práctica resulta algo más.

No sé si pasará en todo el mundo, pero el único cine porno de mi país se presta, naturalmente, para exploraciones sexuales más allá de poner los dos ojitos en la pantalla. Amparados en la oscuridad, bajan zippers, suben ganas y no hay mano ociosa. La masturbación colectiva con extraños no es lo mío (ni con conocidos), pero si alguien le quiere entrar, pues bien...

La epopeya no queda ahí: dicen los conocedores -que nunca se sabe quiénes son, pero siempre los hay-, que los asientos del 2000 mutan a colchón de motel pobre y ahí, sin pena ni gloria, son escenario de sesiones de sexo casual.

No hay mala cama para buenas ganas, decía uno de los del barrio.

A escondidas
Con estas salas de cine porno pasa lo mismo que con los clubes de swingers o las playas nudistas, están hechas para satisfacer ciertas preferencias. Son nichos muy particulares. Algo así como las librerías para recetas de cocina filipina o las zapaterías especializadas en botas de vaqueros. Para gustos, los condones.

Y está bien que existan espacios como estos, donde un tipo que le gusta sentirse acompañado por otros mientras ve porno o hace de las suyas -bueno, suena raro y a mí también, pero deje así- pueda sentirse a gusto. Es la misma alegría que encontrar, en la tiendita de libros usados, el especial edición limitada de Sinigang na Baboy impreso en Manila en 1983. Son placeres sencillos, que en nada afectan a los demás.

No digo que esto deba ser una práctica extendida, que todos deban hacerlo. Todo lo contrario. Eso puede que le quite la gracia a ellos, esa esencia del underground, de bajarse los pantalones en un teatro a oscuras sin que nadie sepa. Nadie iría a las playas nudistas si fueran vox populi. Solo déjelo ser.

¿Deberíamos condenar esto? Bah, no creo. Nos preocupamos demasiado por lo que hacen los demás sin detenernos a pensar si eso nos afecta de algún modo. Sería diferente si usted me dijera: tengo en mi mano ocho estudios que indican que las personas que visitan cines porno son 57% más propensos a ser violadores. Pero tales estudios no existen porque no es posible ligarlos.

Precisamente ellos ya están felices liberando su energía sexual en el Cinema 2000, no tiene que hacerlo de nuevo. Calladitos y sin molestar a nadie. Y si, aún después de leer esto y pensarlo con calma siente todavía un enojo hacia esos pobres diablos, vaya a su zapatería preferida o una librería de cocina filipina o llame a su novia y dígale: llego en diez minutos.

No hay mal que dure mil años si se conoce la cura...

Por Diego Arguedas