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Aquí hay sexo: El templo del sexo y la amenaza del capitán consolador

Diego Arguedas
Cruzar el umbral de un sexshop es internarse en una jungla y redescubrir los protagonistas anónimos de tantos clips que nos persiguen en Internet.  

Los primeros pasos es intoxicarse las pupilas de rojo; alguien ajústele el tono a este monitor, por favor. Poco a poco se empieza a discernir la fauna turista de este santuario: el empleadito sonriendo afable y aburrido tras la caja, una pareja frente a los sujetadores de confite y susurrando en alguna lengua eslava o el fulano acuclillado en la sección de lubricantes como en oración.

Luego sentirse observado por los locales. Imaginen una escena de las películas de Indiana Jones donde avanza por un pasillo diminuto y millones de animalillos sin rostro se asoman por las paredes, curiosos, a recibirlo. Son altos y delgados, casi cilíndricos y yo deseando ser Darwin para proponer un nuevo tratado biológico a partir de mi expedición a este templo maldito.

¿Los enemigos?
Son inofensivos –hasta ahora- y desde sus madrigueras se retuercen para mortificarme. Unos cuantos, seguramente motivados por el demonio, vibran tst-pstsstts-pssst y yo salto. El aire está saturado de esa violencia pasiva/agresiva. Tres o cuatro pasos más, tomo un látigo que cuelga sobre mi cabeza y avanzo más seguro.

La prueba más dura me espera justo ahí: el primer altar, a mi izquierda, está consagrado a esa biblia pagana llamada Fifty Shades of Grey. Lubricante, mallas de látex, manuales con piruetas sacadas del libro del exorcista; yo libero mi furioso látigo y las sombras, hasta las más oscuras, se repliegan. Se aclara el camino y el pasillo se abre ante mí.

Me queda una duda: ¿estamos tan desvalorados los penes que el mundo necesita tantos consoladores? La turba me sigue por las paredes  y yo siento enojo ante esos malandrines que se plantan tan tranquilos tras robarnos nuestras novias, primas, o vecinos, porque, sí, hay tipos que los usan.

¿Qué les hicimos los penes para merecer esta venganza?

El capitán
Sentado en un diván enorme, enfundado de plástico y con sus colosales 45 centímetros burlándose de mí (¡solo soy un hombre, bestia luciferina, atrás, anormal, atrás!) está el capitán consolador. Ninguno me ataca y estoy atónito. ¿Qué esperan? Pero en un gesto magnánimo, el jeque me invita a conversar con él.

-Eminencia… ¿cuánto cobran ustedes?

-Somos un pueblo amplio y variado, pero por 50 euros se compra un esclavo de por vida.

-¡¿De por vida?! ¿Y no se cansan?

-Jamás, garantía de la casa. Somos inmunes al patético desfallecimiento del falo humano.

-Los penes son cosas del ayer-, me gritan a carcajadas sus secuaces desde las vitrinas y yo me tambaleo un poco.

Bueno capitán, sentémonos a negociar. La jugada se baila así, ah perdón, que ustedes no bailan. Las chicas se escapan con ustedes varias veces por semana y no hay nada que podamos hacer al respecto. Nosotros tenemos asuntos entre manos que no pueden esperar tampoco. Si no las maltratan, prometemos no meternos. Y el fulano asiente. ¿Así de fácil?

-Somos gente de paz, camarada –me dice-,  trabajemos en conjunto.

Yo le estrecharía la mano… pero mejor no.

El otro templo
El capitán abre una cortina enorme y el santuario real aparece: disfraces con más o menos látex, muñecos inflables, estanterías repletas de los juguetes más estrafalarios, vibradores de control remoto, ideas y más ideas. ¿Quién dijo que solo usábamos el 13% de nuestros cerebros? Bueno, haga la analogía: uno no se imagina lo que puede hacer el cuerpo humano.

Todo con sabor a mango, a menta o a algo. Aquí se restriega el sexo por los sentidos hasta que destile. Yo sostengo todavía el látigo en la mano, la precaución nunca sobra, pero traveseo las estanterías a ver qué me aparece. Las creaturas acá no gruñen.

Se alarga la aventura y cuando me preparo a salir pasa una pareja con una baraja del Kama-Sutra planeando desde ya la velada. Yo me asomo a ver el estante de donde los tomaron, hmm nada mal. Pero bueno, lista la faena y mientras camino hacia la salidadescubro al capitán mirando con pesar un juego de dados de cuál-prenda-me-quito. Él me topa la mirada, pero solo por un segundo y regresa a su harén.

Cuelgo el látigo en cualquier percha y me voy pensando que, con todas sus ventajas, debe ser una vida solitaria la de un consolador.

Por Diego Arguedas