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Aquí hay sexo: Hombres que bordan los martes

Diego Arguedas
Cuando estaba en segundo grado de la escuela me matriculé en un club de bordado. Puede que todavía no tuviera muy claros en mi cabeza los estereotipos de lo que “debían” hacer los hombres y lo que “debían” hacer las mujeres, pero pasaba una tarde por semana batallando con agujas y las demás jugando fútbol en la calle frente a mi casa.

Sé que unos meses después me retiré derrotado y el único conocimiento que conservo es cómo hacer “punto de cruz” que, por cierto, no tiene ninguna ciencia. Es realmente hacer cruces con el hilo. Seguí pateando bola en el barrio y al año siguiente entré al equipo de la escuela, del que a los años fui capitán por un (corto) tiempo. Nunca supe qué pasó con aquel club.

Lo más curioso es que no recuerdo a mis compañeros burlándose de mí. Trato y no llega nada. Tengo memorias muy claras de niños horrendos diciendo que no podía jugar con la pelota de futbol de
ellos porque era el más moreno de la clase. Que los negros no jugaban. En aquella ocasión mis pies me salvaron de nuevo: dos o tres goles en un recreo los dejaron callados. Supongo que algo así pasó con el bordado mientras duró, porque no recuerdo nada.

Otro factor relevante: era el enamoradizo del año. A los ocho o nueve años le escribía cartas con trazos cuidados a las niñas de mi clase. Entonces tenías a este tipo, un crío apenas, que recitaba manuales de cursilería en papeles que volaban por el aula, que no le iba mal en fútbol y que estuvo en bordado. ¿Qué carajos?

Ser hombre

Hay tantas maneras de ser hombre como hay hombres en el mundo. Dwight “The Rock” Johnson, en una de sus películas, personifica a un típico jugador de futbol americano, macho-man y duro, que en cierto momento debe participar en una obra de ballet y viste un tutú. Para el personaje es un reto y supongo que para “La Roca” también. Pero, ¿por qué?

Yo sé que, si me lo preguntan, probablemente diría que no quiero estar en el ballet, adiós y muchas gracias. Pero nadie tendría tan mal ojo artístico.

Hace unos años Joseph Blatter tuvo la misógina idea de comentar que las mujeres de futbol profesional deberían vestir uniformes más sexys para atraer más público. Yo sé que hablo mucho de él, pero realmente me parece nocivo, en muchísimos sentidos. Y yo he sido también un monumental desgraciado.

Los roles

Recuerdo un día, durante el colegio, en que el equipo de baloncesto de hombres entrenó con una chica que había llegado del equipo de mujeres y, en el partido al final de la tarde, ella estuvo en nuestro equipo. Yo dije algo tipo: “Ah, pero nos tocó la mujer” y ella me respondió que era miembro de la selección nacional juvenil femenina del país. Me recetó una cátedra de buen deporte.

Ella tal vez llegó a su casa reputeando al mundo machista y me imagino que jamás le pasó por la cabeza que el neandertal que le faltó el respeto hacía bordado cuando pasó por la escuela.

Al final, ser hombre o ser mujer es una negociación que hacemos cada día y la idea que nos venden o nos vendemos a nosotros mismos jamás calza con las personas de carne y hueso que caminan por Caracas o el DF. Lo peor es que nos asfixiamos en estos estereotipos, como si realmente fueran vitales para la supervivencia de la raza humana.

Aun así, yo sé que a muchísimos no los convenceré con este argumento. Entonces voy a intentar explicar esto en su lógica machista: pasar una tarde cosiendo con un grupo de mujeres no puede ser negativo para sus oportunidades de conseguir novia. Recuerden que yo era el único hombre de mi club de bordado.

Por Diego Arguedas