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Aquí hay sexo: La tragicomedia del condón

Diego Arguedas
“¡Ah, quién fuera el condón que tienes en tu mano, Julieta!”, soltó desesperado Romeo en un jardín de Verona. Se lo juro que eso dijo, pero la censura de la época cambió condón por “guante”.  Insípido, ¿verdad?

Mucho han avanzado los preservativos desde los tiempos shakesperianos hasta completar un ciclo de la vida que levantaría la envidia de El Rey León ( ¿Habrá usado condón Mufasa y por eso Simba es hijo único? ) Pocos artefactos creados por el hombre tienen una vida tan turbulenta como el condón.

Nace en nuestras mentes por ahí de los 11 años cuando la profesora de ciencias sostiene un banano con cariño y, maternal, le desliza un poncho contra lluvia a lo largo de sus 13.5 centímetros. En el aula de quinto grado nadie entiende bien por qué la maestra desperdicia un perfecto globo en una fruta, cuando lo podría inflar y transformar en un perro o una espada.

Claro, el condón realmente no nace ahí: lo empujamos al mundo real con el empaque de tres que colocamos frente a la cajera de la farmacia. Quien no tuvo al menos un temblor ligero al caminar por primera vez el trecho desde tomar el condón hasta pagarlo es marciano.

Lo que nunca he entendido es por qué sentimos ese pavor al comprar preservativos pero no al pagar por papel higiénico, tomates o CD´s de Justin Bieber (que, por cierto, nadie debería comprar). Si algo, comprar un condón debería ser motivo de orgullo. “¡Mundo, observa a tu dueño que esta noche tendrá sexo”.

Una vez comprado, el asunto apenas empieza. Luego sigue domar la bestia y forzarla a aceptarnos como su amo. Por más bananos y pepinos en biología, ensillarlo a la primera es un arte que se aprende solo practicando (para las lectoras, no se alarmen si fallan: ríanse con él y traten de nuevo).

Muchas personas le reclaman al preservativo que mata la energía del momento. Falso.

Hágalo con sabor que ideas sobran. Cuando la sexóloga Alexandra Rampolla dio una charla en mi Universidad hace unos años y explicó cómo poner el condón con la boca, muchas asistentes tomaban nota con los ojos y escuché a dos tipos planear la movida para el siguiente sábado. ¡Provecho camaradas!

Ay compadre, pero es que no puedo olvidarme que estoy plástico-de-por-medio cuando tengo sexo. Se me marchita todo. Bueno, tampoco podría olvidarse de la gonorrea si se le trepa un bicho indeseado. Protéjase y sea feliz.

Cumplida la faena, cierra el condón su ciclo y termina abatido como un pez transparente y moribundo, repleto de vida.

Cárguelo entonces hasta el bote de basura con el honor que merecen los caídos en batalla, los superhéroes diarios que se baten a duelo contra la clamidia y la vencen, los paladines que en un abrazo de látex contienen el empuje terco de millones de espermatozoides.

Llévelos a dormir el sueño tranquilo de quienes saben su labor cumplida: un condón usado no merece el exilio a las calles del mundo. Siempre me angustia ver esos campeones anónimos abandonados en las aceras.

Por Diego Arguedas