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Aquí hay sexo: Manifiesto contra el manoseo

Diego Arguedas
Todos tuvimos la novia colegial. La mía era inteligente, apasionada del chocomenta y-según me confesó ella en una de nuestras primeras citas- se sentía un imán para chiflidos y frases groseras cuando caminaba por la calle.

La primera vez que tuvimos una escena de estas íbamos camino al cine y pasábamos frente a una construcción en progreso. Tres o cuatro tipos soltaron abortos de piropos y a mí me hirvió la sangre; ella, por su cuenta, solo me dijo: “Sigue, no les hagas caso”.  La seguí como zombie, mi cerebro atascado entre la situación y la respuesta de ella.

Algo está mal con nosotros los hombres. El Informe Mundial de la Mujer de la ONU informó en 2010 que 44 de cada 100 mujeres mexicanas habían sufrido algún tipo de violencia sexual.

¿Realmente podemos asimilar esta cifra? Significa que casi la mitad de las mujeres que vemos en las calles se han sentido violentamente ultrajadas en algún momento de sus vidas. Si usted vive en México y tiene una familia con ocho primas y cuatro tías, sepa que estadísticamente cinco de ellas han sufrido violencia sexual.

Pero lo que más importa, significa que millones – decenas de millones- de hombres mexicanos y en el mundo viven con la idea de que las mujeres son juguete de sus deseos o al menos un animal pasivo que debe tolerar cualquier abuso. ¿Adónde estamos llevando esto?

En El Cairo, meca nefasta de los abusos sexuales callejeros, activistas por los derechos de la mujer crearon HarrassMap, un mapa en el que las mujeres pueden indicar dónde han sido víctimas de manoseos en vía pública. Básicamente: un mapa de dónde se puede transitar, pero más importante de áreas donde que es mejor dejar no visitar.

Efecto: la violencia sexual ganó y limitó la vida de las egipcias.

En América Latina la realidad no difiere mucho y estamos embotados en nuestra mentalidad machista y patriarcal.

En México tenemos otro dato alarmante: el 23% de los mexicanos creen que muchas mujeres son violadas “porque provocan” a los hombres. Como bien han dicho en otras ocasiones las heroicas militantes de La Marcha de las Putas, no hay justificación para asociar la vestimenta de la mujer con la conducta del hombre.

Si llevase una camisa con un dibujo de una diana para tiro al blanco, ¿eso justifica que un tipo me meta un balazo en el pecho?

Y todavía podemos hilar más fino: los hombres que creen que la violencia sexual es reflejo directo de la apariencia de las mujeres me insultan a mí también al insinuar que mi pene ganará siempre sobre todo lo demás que me hace ser hombre. Yo no soy un robot sexual que puede ser activado por un escote o una falta corta: soy más y mejor que eso.

El HarrasMap no es la solución, como tampoco lo es vestir faldas hasta el tobillo o camisa cuello de tortuga. Restringirle a una mujer su vestimenta o sus lugares de paseos por ser víctima de un ataque sexual es tan retorcidamente cruel que asusta.

El cambio tiene que empezar desde las casas y las aulas, triturando la idea que tenemos ahora de lo que es –y hace- un hombre y una mujer. Los chicos debemos aprender que las planchas y lavadoras no muerden y que las niñas pueden jugar fútbol y hacer karate. Tenemos que aprender que disfrutar del sexo y del cuerpo humano es sano – y delicioso-, pero que NO es NO.

Esta no es una cruzada contra los piropos o un cumplido bien colocado. Si yo me levanto mañana y en la calle me dicen que tengo una sonrisa linda (soñar es gratis y lindo, ¿verdad?) tal vez me alegre la mañana. Pero de ahí a un abuso sistemático hay mucho trecho. 

A los diecisiete mi ex-novia tal vez pensaba que ella atraía a estos tipos de alguna manera. No sé si pensará lo mismo ahora, pero no lo creo. Yo, por mi parte, sé que ella no influyó en la reacción: ellos no necesitaban de nadie más para catalizar su violencia sexual. 

Por Diego Arguedas