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Aquí hay sexo: vivir con una enfermedad venérea

diego Arguedas
Hola, me llamo Diego y tengo una enfermedad de transmisión sexual desde hace catorce meses. Suena a introducción para un grupo de autoayuda que se reúne en el salón comunal del distrito, pero podría servir para una campaña de sexo seguro o hasta para una farmacéutica malvada.

En este caso es solo una manera para ponerlos a pensar: ¿qué tal si este tipo tuviera algo y yo lo conociera?

Me parece improbable que tenga una ETS, porque trato de cuidarme de esos bichos. Dicen que hombre precavido vale por dos. Al final, en el momento de la verdad, esto tiene mucho de razón: los visionarios que salen de casa con más de un preservativo duplican la pachanga. Viva la pepa, mi hermano.

Los condones no solo son valiosos porque evitan embarazos inesperados, aunque cuchocientos mil estudios de todo el mundo arrojen el mismo resultado: los jóvenes nos preocupamos más por un óvulo fecundado por error que por pasarle gonorrea al tipo de al lado. O más bien, pensamos antes en el crío no planificado que en el inquilino sorpresa del piso de abajo.

Los condones no solo evitan crear vidas, también las salvan.

Los precaristas

Cualquiera puede tener una ETS. Yo sé que en lo que respecta al VIH sigo viendo los toros desde la barrera porque me hice una prueba hace unos meses, mientras otros están viendo la muerte de frente desde la arena. Pero no sé de las demás.

Hay algunas enfermedades de transmisión sexual que son evidentes. Si tiene llagas en los labios vaginales, es que su cuerpo está gritando: ¡mira, tengo herpes! ¡llévame al médico!, y un sangrado o ardor al orinar puede ser clamidia o gonorrea. Pero hay otras más escurridizas y cualquiera puede tenerla sin saber.

Todo un tema

Una amiga me dijo, cuando le conté que escribía esto, que era un tema feo. Yo coincido con que el tema sea feo, pero lo que entristece de verdad son los efectos. Perder un amigo que muere de Sida, o sentir a tíos desgranarse de sífilis debe ser de las experiencias más espantosas de la vida, que por suerte no me ha tocado ver.

Y ella me decía que también eso la entristece porque es un miedo constante que no permite que el sexo sea feliz. Tiene razón: le quita parte del asalto loco, multa la aventura de rodar sobre cualquier superficie y arrancarse la ropa en dos manazos. Es un mata-pasiones.

Pero es un tema necesario, aunque cabrón. Así que trate de ahorrar algo de plata para invertir en su futuro, pase por su médico y dedique un rato a hablar de enfermedades de transmisión sexual. Después de todo, ¿cuántas almas desconocían que tenían un cáncer en el hígado o un abuelo franquista hasta que se hicieron un estudio? Cualquiera puede tener algo malo ahí adentro.

Ah, y el colesterol. No se olviden de revisar cómo está su colesterol.