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En el punto G: Los 10 minutos que fui prostituta

Gabriela
Por principio, todos los turistas que visitan La Habana, Cuba, creen que las mujeres cubanas somos, sin excepción, prostitutas.

Da igual si estás en una tienda o con tu hijo en el cine, estás dispuesta a vender tus partes por una suma, además, no muy elevada.

A pesar de ello, no imaginé que una noche ordinaria de noviembre terminaría en una proposición indecente. Serían las 3 de la mañana y yo me encontraba con mi padre y unos amigos en plena Cascada del Malecón. Entre nosotros, una mulata de mi edad, con unos preciosos ojos y unas piernas larguísimas (a quien llamaré Claudia) pretendía a uno de los amigos que nos acompañaba.

Llevábamos un rato hablando cuando de pronto apareció un grupo de bahameños. Claudia, viendo los pocos resultados hasta el momento, se acercó a buscar un final más productivo para su noche. Desgraciadamente, las negociaciones no fueron satisfactorias: no querían darle más de 50 dólares.

De pronto uno de los hombres se acercó a mí y se interesó por mis servicios: 100 dólares ofertaba. Mentiría si dijera que no me reí. Lo cierto es que nunca crees que te pueda pasar a ti. Quizás creemos que no tenemos esa “etiqueta” que identifica a una profesional del sexo. Le dije que no, pero no quedó conforme y pensó que era una cuestión de dinero, quizás yo era más cara que las demás.

Primero me llamó la atención por qué alguien pagaría por hacer algo que en otras circunstancias harías gratis, por amor o placer.

“200, 300, 500, 1000…”. No supe reaccionar y me limité a decir que no y bajarme la falda que cuando me la puse por la tarde no tenía tal propósito de reclamo. Quizás le gustó mi timidez y siguió insistiendo. En ese momento mi padre salió en mi defensa y le dijo que yo era su hija. Obviamente, lo que pensó el otro era que mi precio lo debía negociar con él.

“2000, 3000, 6000… ¿cuánto quieres?”. La cifra subió a tal velocidad que casi ni me enteré. No entendí cómo pude pasar de valer 100 a 6000 ni porqué Claudia – que me miraba incrédula y me decía: “niña ¿no vas a partir?” - no pudo pasar de 50, cuando, en realidad, ella habría ofrecido unos servicios más completos que los míos. ¿Sería mi virginidad? ¿Es aún real el mito de la “mujer impoluta”, aún no tocada?

Para eliminar la incógnita diré que no, no lo hice. En primer lugar porque era virgen, y habría sido una forma demasiado espectacular de estrenarme; segundo, porque no lo necesitaba. Sin embargo, habría sido tan fácil: dejarme llevar y que hiciera lo que quisiera con un cuerpo que, en realidad, volvería a ser mío a la mañana siguiente para seguir con mi vida 6000 dólares (¿podría haberle sacado 7000?) más rica.

La verdad es que a esas alturas ya no me sentía una prostituta vulgar. Era una geisha.

Un objeto valioso por el que alguien pagaría una fortuna (en comparación al precio de mercado) y es gracioso que nos creamos que ése pueda ser nuestro verdadero precio cuando, en realidad, yo valía eso porque me lo podía permitir, porque podía decir que no. Claudia no tenía esa opción: sin estudios, sin trabajo y un hijo pequeño al que alimentar el poder de negociar no recaía en ella. No hay nada personal en la prostitución, nuestros lugares bien se podrían haber intercambiado.

Lo cierto es que las mujeres estamos tan acostumbradas a las etiquetas que no sentí como algo chocante que me pusiera precio aunque éste fuera un cheque en blanco. Pero si reducimos a una persona a un número yo también puedo ponerle precio a mis acciones y esa noche pagué gustosamente 6000 dólares por seguir mi vida sin una marca a fuego.

Por Gabriela