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En el punto G: Un sexshop del Barrio Rojo de Amsterdam (II)

Gabriela
Superada la amenaza del capitán consolador, seguí explorando este templo del sexo. El pasillo no era largo, pero de los colores brillantes de los vibradores pasamos al negro de los objetos de sadomasquismo. Ya esperaba encontrármelos antes de entrar, pero la realidad superaba toda ficción.

Máscaras, esposas, látigos, plugs anales – pequeños conos para estimular la zona –, anillos para el pene – que según el dibujo mantienen la erección apretando un poco – fustas de cadenas y de cuero e, incluso, un kit con los objetos utilizados en la trilogía 50 Sombras de Grey – hasta dónde llega el márquetin. Los miré con curiosidad intentando entender para qué era cada cosa y queriendo saber por qué la mujer de la foto parecía tan feliz con una mordaza en la boca.

Para qué voy a mentir. En ese momento se me alargó la falda hasta la rodilla, el escote se me enrolló en el cuello con un lazo y el pelo se anudó en un moño apretado en la coronilla. La señorita Rotenmeyer miraba por encima del hombro y la nariz fruncida a todos estos pervertidos.

Sin embargo, lo realmente sorprendente estaba en la pared del fondo, oculto tras el follaje y los disfraces de enfermera y policía sexy. Los aparté y allí estaba.

Agazapada, despeinada y desnuda estaba yo misma, con los brazos esposados, un látigo en la mano y todos los accesorios y juguetes sexuales que había visto antes. Esta Gabriela no tenía un trabajo, ni moral, ni familia, ni una sociedad ante la que responder y, probablemente, no sabría ni leer. Puro instinto animal. Con ojos profundos y desencajados me miró,

- Oh, la señorita digna ha llegado. ¿Qué tal? ¿Sorprendida de verme?

- Pues la verdad es que sí. ¿En serio es esto lo que te gusta?

- No lo sé, dímelo tú.

-  …

Soltó una carcajada. Esta bestia amazona con mi cara se reía de mi indecisión.

- No te preocupes bonita, sólo soy una parte de ti. Sigue viviendo esa vida de dignidad y prejuicios que tienes y cuando quieras divertirte, llámame.

Y es que la industria del sexo, con sus fotos vulgares, los colores chillones y esas formas violentas tienen la capacidad de llamar al instinto más bajo y básico del ser humano. Como dos animales que se montan en un charco de barro, podemos olvidar todo decoro y todas las cosas que nos hacen respetables.

No cabe el respeto en un sexshop.

Al final de toda esa pasarela de perversión te preguntas: si le gusta a otras personas, ¿por qué tengo tan claro que no me gustaría a mí? A lo mejor estoy tan sólo haciéndome la decente y mis perversiones van tan lejos como las suyas, pero ellos son más valientes y sinceros que yo como para aceptarlas. Y en vez de dejar que su yo salvaje se esconda en un oscuro sexshop lo llevan de la mano y lo abrazan cada noche.

Sólo queda, entonces, encontrar a alguien que no se asuste y quiera dar de comer y acariciar a mi pequeña loba interior. Me habría gustado preguntar a la chica del traje de cuero, esposas y fusta si a ella le costaba que la aceptaran sus parejas y cuándo se mostraría tal cual: ¿tres meses, un año, después de conocer a los padres, tras el matrimonio?

Bueno lo que si tengo claro es que si voy a dejar que alguien me ponga un arnés de caballo en la espalda tiene que haber – sí, irónicamente – mucha confianza.

A fin de cuentas, ¿por qué debe ser suave el amor? Quién sabe... a lo mejor a Cenicienta le gustaba que le dieran unos cuantos azotes.

Cuando salí a la calle me pregunté cuándo volvería ver a mi alter ego pervertido y si para entonces, ya estaría lista para encontrar y aceptar cuál de todos los objetos depravados que vi tendría que comprar la próxima vez que volviera. A fin de cuentas, el amor también me ha dado mis dosis de dolor y siempre he vuelto a por más. 

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Por Gabriela