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En el punto G: Un Sexshop en el Barrio Rojo de Ámsterdam (I)

Gabriela
Visitar un sexshop en Ámsterdam es cosa casi cotidiana y yo, turista aplicada, tengo que aprender las costumbres del país.

Ya sea para reírse de los penes amarillos fosforescente o para buscar realmente una nueva forma de diversión con la pareja, estas tiendas especializadas en “sex toys” del Barrio Rojo tienen la ventaja de eliminar el elemento más vergonzoso de un sex shop: entrar.

Y claro, a estos sitios una no va sola. Qué piensan, soy una mujer decente. Así que, acompañada de una buena amiga y libre de vergüenzas, decidimos alegrar una lluviosa tarde de miércoles con el único propósito de investigar para esta entrada. Antropología sexual podemos llamarlo.

Pero ¡aviso! Aunque uno vaya a un sexshop a reírse puede despertar esa fierecilla que no sabías que dormía en tu cabeza’.

Recorres las dos primeras estanterías como un niño que señala elefantes en un zoológico

-Vamos a ver qué tienen aquí… - ¡mira eso! Pero ¿quién puede usar esta cosa? ¿Y para qué será eso otro? Y eso es para… ¡¿QUÉ?!

Hasta que piensas: Mmm… pues eso no parece mala idea… Amiga, has caído.

Así que apenas dos metros de la puerta empiezas a hacer una lista de todo lo que te gustaría, lo que probarías y lo que dudarías en hacer en caso de que quiera tu pareja. Pero, sobre todo, que mi amiga no note que, mientras señalo con burla, me lo estoy pensando en serio. (Aunque supongo que cuando lea esto me dirá: Querida, no disimulaste en absoluto).

Toy sexy
Hay varios tipos de sexshops. Los que parecen el cuarto de complementos de una película porno y los que puedes confundir con una joyería de lujo, pero en ambos una vez que cruzas la puerta lo primero que notas es la enorme cantidad de consoladores: penes de todas formas y tamaños te miran curiosos. Chicos, todos a la vez no, por favor.

Y es que los consoladores son mucho más importantes de lo que imaginamos.

Lo inventaron a finales del s. XIX como la cura a una enfermedad: la histeria femenina. Sufrida por mujeres casadas que no habían conocido el orgasmo, la cura consistía en la estimulación manual de la vagina. Hasta que a un doctor se le cansaron los dedos y decidió ponerle un motor a una especie de plumero.

Ahora son un poco más sofisticados y podemos elegir, por ejemplo: entre consolador, vibrador o dildo. El consolador imita un pene erecto y la mujer se encarga de marcar manualmente el ritmo que desee, los vibradores son como un consolador pero poseen un motor interno que lo hace vibrar. Debe ser más cómodo, pero ¿no electrocuta ni nada? No se rían, es una pregunta válida… Y no, no electrocutan.

Los dildos son más pequeños. Un tamaño portable para llevar en el neceser y utilizarlo como un paracetamol cuando tenemos ataques de histeria. Lo normal… Y luego nos critican porque llevamos muchas cosas en el bolso.

Cuando somos pequeñas pensamos cómo será nuestro futuro marido: con ojos azules, alto, rubio… Pues bien ahora podemos elegir entre realistas, semirealistas, con colores diferentes, que brillan en la oscuridad e, incluso, vello. Así que si alguna vez habías pensado en acostarte con un pitufo es tu momento: elije el azul clarito.

Luego hay otra gama para las más exigentes: los vibradores de diseño. Con un material más suave, una forma preciosa que lo mismo te da un orgasmo que te decora una estantería. Y tú te preguntarás: ¿Y si mi vagina no es de diseño? ¿Y si es normal? En realidad lo mejor que tienen son las baterías recargables – no se me ocurre peor momento para que se acaben las pilas.

Informándome para esta entrada vi que en muchas páginas web recomiendan ir probando y si un consolador no nos satisface o nos incomoda probar con otro. No sé ustedes, pero mi economía no está para pruebas. ¿Qué pasa si no me gusta? ¿Se podrá devolver? Pues ahora no sé donde he metido el ticket de mi compra. 

Por Gabriela