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La seducción en los tiempos del Telegram

Sexting en Nómada
En tiempos antiguos, dejar tirado un pañuelo para que lo recogiera el que le gustaba a una era la forma de mostrar interés. Cartas escritas a mano y dobladas en tres que olían a perfume. Miradas veladas por abanicos. Manos rozándose que provocaban espasmos. La inmediatez real de las comunicaciones permitía que fuera todo más sutil (eso, y todos los constreñimientos culturales, obvio).

Ahora tenemos deemes, WhatsApp y Telegram. Estamos constantemente comunicados. Nos podemos ver por Skype en cualquier momento. Ya no usamos pañuelos y apenas firmamos nuestros nombres en un cheque. Lo nuestro ahora es lo explícito. Lo directo.

Y desperdiciamos las maravillas de la tecnología con un “send nudes” tirado a medio TL como quien pide una pizza a un número equivocado. Sin especificidad, sin gracia, sin esperanza.

Yo no sé ustedes, pero yo todavía tengo necesidad que me mojen la mente. Si no hay una atracción que se puede sostener en una buena sesión de sexteo, la cosa no marcha a ninguna parte, menos a la cama. Claro que en mi caso particular, la cama es el lugar usual en el que termino con mi fulano, por algo vivimos juntos. Pero no deja de ser interesante utilizar los chats para algo más que un “Tus hijos están chingando y los voy a regalar.”

Encontrar el momento inapropiado justo para mandar la foto de la tanga turquesa que uno tiene puesta y hacer que mi pobre marido no pueda ver su teléfono a media sesión, me sigue pareciendo de los mejores momentos de mi día. Recordarle que anoche le agarré muy fuertemente la mano. Decirle que aún tengo su aroma en mi cuerpo. Que espero haberle impregnado la barba del mío. Si él también tiene necesidad de saber que hay deseo entre los dos.

Deseo. Ese sentimiento poderoso que arrasa y que sirve de chispa a la pasión. Ése que comienza en el cerebro y que se alimenta de buenas experiencias vividas juntas y de anticiparse a mejores aún por venir. La naturaleza del deseo es inclusive anterior a la misma pasión, porque a veces uno incluso quiere algo que todavía no conoce. Leemos novelas romanticonas y pensamos que quisiéramos vivir una pasión similar y sembramos la semilla de un árbol que luego hacemos fuego. Nos llenamos la cabeza de poemas que llenan un receptáculo que pesa y que queremos derramar sobre alguien. Vivimos con el anhelo de que nos conozcan y nos deseen plenamente y así deseamos al otro.

Tradicionalmente, manifestar una atracción física por otra persona, es una propuesta delicada y complicada. Algo así como acercarse a un cervatillo. No puede uno ser demasiado arrebatado, porque se espanta, pero tiene que avanzar y atraparlo en el momento justo.

Y es aún más complicado para uno de mujer, que le han enseñado que no puede decir que quiere que lo cojan (o coger) porque no es “femenino” ni “delicado” ni “apropiado”. Y lo dejan a una toda alborotada y sin poder pedir que la calmen. Si eso de tirar el calzón no es así nomás de dejarlo por allí.

El arte de la seducción en estos modernos tiempos se ha vuelto más complicado, precisamente por la facilidad de acceso virtual que tenemos.

Pareciera que la conectividad va de la mano a lo explícito, destronando a lo esencialmente erótico. Y no es así. Yo diría que es todo lo contrario. A mayor accesibilidad a escribirle a cualquiera, mayor necesidad de utilizar las habilidades lingüísticas para pintar imágenes mentales que atrapen y no suelten.

Mis compañeras de género me disculparán, pero a mí todavía me gusta utilizar un lenguaje bien anticuado cuando se trata de mi experiencia sexual. No estoy diciendo que eso sea para todos y todas, sino que es lo que me gusta a mí. Hago la aclaración, para que los siguientes ejemplos no levanten un ejército de protestas por mi falta de modernismo. Lo siento. Mi lucha la llevo en otras partes.

– Me está consumiendo el deseo.
– Tengo la mente llena de ti.
– Siento tus manos sobre mí como si estuvieras conmigo. ¿Qué me hiciste?
– Tengo la piel que arde.
– Me tienes atrapada y sólo quiero que me poseas.
– ¿Te distraigo? ¿Piensas en mí y se te va al carajo el mundo y sólo quieres venir a tomarme?
– ¿Todavía huelen a mí tus manos?
– No puedo arrodillarme en la clase de karate sin pensar en tenerte enfrente.

El lenguaje da para muchísimo y la imaginación hace todo el resto. Se mete en todos los espacios que dejamos vacíos a propósito y los llena de todo eso que queremos. Las palabras nos hacen palpitar, nos mantienen interesados, nos recuerdan lo que disfrutamos y nos anticipan lo que está por venir.

Usar todas las herramientas que tenemos a nuestra disposición sólo para conseguirse una bofetada virtual habla muy mal de nuestro ingenio para arreglar una de las necesidades básicas de nuestra especie: encontrar con quién coger. Tal vez el problema es que nos hacen falta un par de ojos qué ver para soltar las palabras que nos amarran o nos liberan. La falta de contacto físico, de realidad “real” nos ha despersonalizado. Pero al final de cualquier acto de seducción, quedan dos cuerpos que tienen que tocarse y fundirse y hacerse un relajo de piernas y brazos y manos y lenguas. Mucho mejor si todo eso ya logramos que sucediera en el escenario del cerebro, porque es más fácil ir allí donde ya nos llevó la mente. Y no hay mejor director creativo que el lenguaje.

Por favor, no lo desperdiciemos pidiendo nudes.

POR / colaboradora de la Revista Guatemalteca Nómada